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El AÑO LITURGICO

COMIENZO DEL AÑO LITÚRGICO

Festejamos el comienzo del Año Litúrgico cuyo inicio nos ofrece la posibilidad de vivir más cerca de Jesús y crecer en nuestra fe. 
EL AÑO LITURGICO
El inicio nos ofrece la posibilidad de vivir más cerca de Jesús y crecer en nuestra fe.
A muchos nos puede pasar que vivimos la vida muy de prisa. En muchas ocasiones de manera superficial. Esto se refleja en nuestra vida espiritual. Podemos ir a Misa en Navidad, pero quizá no nos damos el tiempo de profundizar en el misterio tan grande que se nos está presentando en esos momentos. Sucede que vivimos solo la parte externa de las fiestas litúrgicas y no la parte interna, el gran mensaje. Esto nos lleva a una falta de compromiso con Cristo.
¿QUÉ ES LA LITURGIA?
La liturgia es la manera de celebrar nuestra fe. No sólo tenemos fe y vivimos de acuerdo con ella, sino que la celebramos con acciones de culto en las que manifestamos en forma pública y en comunidad, nuestra adoración a Jesucristo, presente con nosotros en la Iglesia.
Liturgia viene del griego leitourgia que quiere decir servicio público ofrecido por una persona a la comunidad. Es el conjunto de la oración pública de la Iglesia y de la celebración sacramental. En ella, los signos sensibles, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre. Así, el Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, Jesús y nosotros que somos su Iglesia, ejerce el culto público íntegro.
La Liturgia es la acción sagrada por excelencia, ninguna oración o acción humana la puede igualar, pues es una obra de Cristo y de toda su Iglesia, y no de una persona o un grupo.
¿QUÉ SIGNIFICADO TIENEN LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS?
Cada celebración litúrgica tiene un triple significado:
Recuerdo: Todo acontecimiento importante debe ser recordado. Por ejemplo, el aniversario del nacimiento de Cristo, su pasión y muerte, etc.
PRESENCIA: Es Cristo quien se hace presente en las celebraciones litúrgicas, concediendo gracias espirituales a todos los que participan en ellas, de acuerdo a la finalidad última de la Iglesia que es salvar a todos los hombres de todos los tiempos.
ESPERA: Toda celebración litúrgica es un anuncio profético de la esperanza del establecimiento del Reino de Cristo en la Tierra y de llegar un día al Cielo.
¿QUÉ ES AL AÑO LITÚRGICO?
Es el desarrollo de los misterios de la vida de Cristo (nacimiento, su muerte y resurrección) y las celebraciones de los santos que la Iglesia nos propone a lo largo del año. Es vivir y no sólo recordar la Historia de la Salvación. Esto se hace a través de fiestas y celebraciones. Se celebran y actualizan las etapas más importantes del plan de salvación. Es un camino de fe que nos adentra y nos invita a profundizar en el misterio de la salvación. Un camino de fe para recorrer y vivir el amor divino que nos lleva a la salvación.
¿QUÉ SON LOS TIEMPOS LITÚRGICOS?
Son tiempos en los que la Iglesia nos invita a reflexionar y a vivir de acuerdo con alguno de los misterios de la vida de Cristo.
En cada tiempo litúrgico, el sacerdote se reviste con casulla de diferentes colores: Blanco significa alegría y pureza. Se utiliza en el tiempo de Navidad y de Pascua; Verde significa esperanza. Se utiliza en el tiempo ordinario; Morado significa luto y penitencia. Se usa en Adviento, Cuaresma y Semana Santa; Rojo significa el fuego del Espíritu Santo y el martirio. Se utiliza en las fiestas de los santos mártires y en Pentecostés.
LOS TIEMPOS DEL AÑO LITÚRGICO SIGUEN UN ORDEN DETERMINADO:
ADVIENTO: las cuatro semanas que preceden al 25 de diciembre, abarcando los cuatro domingos de Adviento.
NAVIDAD: es el “nacimiento” que se celebra el 25 de diciembre nos recuerda que Dios vino a este mundo para salvarnos.
EPIFANÍA: es el 6 de enero y nos recuerda la manifestación pública de Dios a todos los hombres.
PRIMER TIEMPO ORDINARIO: va desde Epifanía hasta Cuaresma.
CUARESMA: comienza con el Miércoles de Ceniza y se prolonga durante los cuarenta días anteriores al Triduo Pascual. Es un tiempo de oración, penitencia y ayuno.
SEMANA SANTA: comienza con el Domingo de Ramos y termina con el domingo de Pascua, que es la mayor fiesta de la Iglesia. Se celebra la resurrección de Jesús. Es el triunfo definitivo del Señor sobre la muerte y primicia de nuestra resurrección.
TIEMPO DE PASCUA: es tiempo de paz, alegría y esperanza. Dura cincuenta días, desde el domingo de Resurrección hasta Pentecostés.
PENTECOSTÉS: es la celebración de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles.
SEGUNDO TIEMPO ORDINARIO: después de Pentecostés hasta la fiesta de Cristo Rey.
Durante los tiempos ordinarios del Año Litúrgico, no se celebra un aspecto concreto del misterio de Cristo, pero se profundiza en los distintos momentos históricos de Su vida para adentrarnos en la historia de la Salvación.
ALGO QUE NO DEBES OLVIDAR
La liturgia es un conjunto de acciones de culto en las que manifestamos nuestra adoración a Jesucristo, presente con nosotros en la Iglesia, de un modo público y en comunidad.
En la liturgia se requiere de los fieles una participación plena, consciente y activa.
Las celebraciones litúrgicas tienen un triple significado: recuerdo, presencia y espera.
El Año Litúrgico es el desarrollo de los misterios de la vida de Cristo (su nacimiento, muerte y resurrección), y las celebraciones de los santos que nos propone la Iglesia a lo largo del año.
Los tiempos litúrgicos son: Adviento, Navidad, Epifanía, Primer tiempo ordinario, Cuaresma, Semana Santa, Pascua, Tiempo Pascual, Pentecostés, Segundo tiempo ordinario y termina con la fiesta de Cristo Rey.
EL EJE DEL AÑO LITÚRGICO ES LA PASCUA. LOS TIEMPOS FUERTES SON EL ADVIENTO Y LA CUARESMA.

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Que significa la palabra Eucasistia

¿QUÉ SIGNIFICA LA PALABRA ‘EUCARISTÍA’?
La palabra tiene muchos niveles de significado
Una de las palabras más empleadas en el catolicismo es ‘Eucaristía’. Se escucha todos los domingos en misa y los católicos la pronuncian constantemente. ¿Qué significa?
El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece una breve definición de la palabra.
La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de sus aspectos. Se le llama:
Eucaristía porque es acción de gracias a Dios. Las palabras griegas eucharistein (Lc 22,19; 1 Co11,24) y eulogein (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que proclaman, sobre todo durante la comida, las obras de Dios: la creación, la redención y la santificación. (CIC 1328)
En la versión original en griego de los Evangelios, se documenta que Jesús empleó una palabra similar en la celebración de la Última Cena.
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: “Tomen y compártanla entre ustedes” (…) Luego tomó el pan, dio gracias (εὐχαριστήσας – eucharistēsas), lo partió y lo dio a sus discípulos. (Lucas 22,17-19)
En esencia, la palabra ‘Eucaristía’ significa ‘acción de gracias’, pero en un contexto judío va dirigida específicamente a dar gracias a Dios.
En un principio la palabra fue adoptada para referirse a todo el sacramento de la Eucaristía, conocida más comúnmente como Misa, en la que los católicos celebran el acto salvífico de Dios en la cruz. Existe incluso un documento antiguo llamado Didaché que posiblemente se remonta al tiempo de los apóstoles y usa esta palabra en ese contexto.
En cuanto a la Eucaristía, así habéis de realizarla: 2. Primero sobre el Cáliz: “Te damos gracias, nuestro Padre, por la sagrada vid de David, tu siervo, la cual nos enseñaste por Jesús, tu Hijo y Siervo; A Ti la gloria en los siglos”.
Y sobre la partición (del pan): “Te damos gracias, nuestro Padre, por la vida y la ciencia que nos enseñaste por Jesús, tu Hijo y Siervo: A Ti la gloria (…)” Pero nadie coma ni beba de vuestra Eucaristía, sino únicamente los que están bautizados en el nombre del Señor.
Además de referirse a la celebración completa de la Eucaristía, la palabra también se usa incluso de manera más específica para referirse al pan y al vino que son transformados en el cuerpo y la sangre de Jesús.
En definitiva, la palabra ‘Eucaristía’ es polifacética, con muchas dimensiones diferentes que se remontan a la básica necesidad humana de dar gracias a Dios.

Que es la GENUFLEXION?

La genuflexión es el máximo signo de reverencia y adoración que prevé la liturgia, por lo cual queda reservada al Santísimo Sacramento y a la Cruz, desde los Oficios del Viernes Santo hasta la Vigila Pascual.
La Instrucción General del Misal Romano indica: que “la genuflexión, que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra, significa adoración; y por eso se reserva para el Santísimo Sacramento, así como para la santa Cruz desde la solemne adoración en la acción litúrgica del Viernes Santo en la Pasión del Señor hasta el inicio de la Vigilia Pascual.” (n. 274)
En la Misa el sacerdote que celebra hace tres genuflexiones siempre:

1.- Después de la elevación de la sagrada forma

2.- Después de la elevación del cáliz

3.- Antes de la comunión.

Los concelebrantes únicamente hacen una inclinación profunda en estos momentos.

Adicionalmente puede hacer otras dos genuflexiones si el tabernáculo con el Santísimo Sacramento está en el presbiterio. En este caso, el sacerdote, el diácono y los otros ministros hacen genuflexión cuando llegan al altar y cuando se retiran de él, pero no durante la celebración misma de la Misa. Debe indicarse que los ministros que llevan la cruz procesional o los cirios, en vez de la genuflexión, hacen inclinación de cabeza

Antes se decía que debían hacerla cada vez que los ministros pasaban delante del sagrario, pero eso se suprimió y ahora sólo se hace al inicio y al final.

Fuera de la Misa, todos los que pasan delante del Santísimo Sacramento hacen genuflexión, a no ser que avancen procesionalmente.

La genuflexión doble implica poner las dos rodillas en el suelo e inclinar la cabeza. Este gesto no se contempla en la liturgia actual. Anteriormente se realizaba frente al Santísimo Sacramento cuando se encontraba expuesto. Sin embargo, por devoción puede realizarse.

La Instrucción General del Misal Romano como signos corporales de reverencia y adoración sólo contempla la genuflexión sencilla (pues dice que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra), en el núm. 274, y la inclinación (que puede ser de cabeza o profunda) en el núm. 275. Así pues, no dice nada sobre la genuflexión doble, como antes sí se decía.

En el mismo sentido, el Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto Eucarístico fuera de la Misa (De Sacra Communione et De Cultu Mysterii Eucharistici Extra Missam) dice textualmente en el número 84 de su praenotanda: “84. Ante El Santísimo Sacramento, ya reservado en el sagrario, ya expuesto para la adoración pública, sólo se hace genuflexión sencilla.” Es claro, por tanto, que indica que debe hacerse una genuflexión sencilla cuando el Santísimo esté expuesto.

La Señal de la Santa Cruz

SABIAS EL SIGNIFICADO EL DE LA SEÑAL DE LA CRUZ?

Es precioso por su historia, por su significado y por su poder.
Es la señal de mi fe; muestra quién soy y lo que creo. Es el resumen del Credo. Es la señal de mi agradecimiento.

Tengo que hacer con amor y emoción este gesto que me recuerda que Jesús ha muerto por mí. Es la señal de mi intención de obrar, no para la Tierra, sino para el Cielo. Al hacerla, y pronunciando estas misteriosas palabras

“EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO” me comprometo a obrar:

• en el nombre del Padre que me ha creado,

• en el nombre del Hijo que me ha redimido,

• en el nombre del Espíritu Santo que me santifica.

En una palabra: a actuar como hija o hijo de Dios.

Este signo es la señal de la consagración de toda mi persona.

Al tocar mi frente: «ofrezco a Dios todos mis pensamientos.

Al tocar mi pecho: consagro a Dios todos los sentimientos de mi corazón.

Al tocar mi hombro izquierdo: le entrego todas mis penas y preocupaciones.

Al tocar mi hombro derecho: le consagro mis acciones.

La señal de la Cruz es en sí misma fuente de grandes gracias. Debo considerarla como la mejor preparación a la oración, pero ya es en sí misma una oración, y de las más impresionantes. Es una bendición.

Si me emociona ser bendecido por el Papa, por un Obispo, ¡Cuánto más ser bendecido por el mismo Dios!.

Señor, concédeme la gracia de hacer de mi señal de la cruz un “Heme aquí” motivador para la oración, para la acción, para mi día entero; así como una poderosa llamada de las bendiciones del cielo sobre mí.

MODELO Y PATRONO DE LOS MONAGUILLOS 

San Tarcisio 

La Iglesia Católica ha tenido muy especial cariño a este joven que con tanto amor llevaba la Comunión a los prisioneros y con tan enorme valor supo defender la Santa Eucaristía de los enemigos que intentaban profanarla. 

“No echéis a los perros lo sagrado, ni a los cerdos lo muy valioso, porque se volverán contra vosotros”. 

Oración 

San Tarcisio, mártir de la Eucaristía, pídele a Dios que todos y en todas partes demostremos un inmenso amor y un infinito respeto al Santísimo Sacramento donde está nuestro Salvador, Jesucristo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Amén. 

Historia 

San Tarcisio era un acólito o ayudante de los sacerdotes en Roma. Después de participar en una Santa Misa en las Catacumbas de San Calixto fue encargado por el obispo para llevar la Sagrada Eucaristía a los cristianos que estaban en la cárcel, prisioneros por proclamar su fe en Jesucristo. Por la calle se encontró con un grupo de jóvenes paganos que le preguntaron qué llevabaallí bajo su manto. Él no les quiso decir, y los otros lo atacaron ferozmente para robarle la Eucaristía. El joven prefirió morir antes que entregar tan sagrado tesoro. Cuando estaba siendo apedreado llegó un soldado cristiano y alejó a los atacantes. Tarcisio le encomendó que les llevara la Sagrada Comunión a los encarcelados, y murió contento de haber podido dar su vida por defender el Sacramento y las Sagradas formas donde está el Cuerpo y la Sangre de Cristo. 

El libro oficial de las Vidas de Santos de la Iglesia, llamado «Martirologio Romano» cuenta así la vida de este santo: “En Roma, en la Vía Apia fue martirizado Tarcisio, acólito. Los paganos lo encontraron cuando transportaba el Sacramento del Cuerpo de Cristo y le preguntaron qué llevaba. Tarcisio quería cumplir aquello que dijo Jesús: ‘No arrojen las perlas a los cerdos’, y se negó a responder. Los paganos lo apalearon y apedrearon hasta que exhaló el último suspiro pero no pudieron quitarle el Sacramento de Cristo. Los cristianos recogieron el cuerpo de Tarcisio y le dieron honrosa sepultura en el Cementerio de Calixto”. 

Sobre su tumba escribió el Papa San Dámaso este hermoso epitafio: “Lector que lees estas líneas: te conviene recordar que el mérito de Tarcisio es muy parecido al del diácono San Esteban, a ellos los dos quiere honrar este epitafio. San Esteban fue muerto bajo una tempestad de pedradas por los enemigos de Cristo, a los cuales exhortaba a volverse mejores. Tarcisio, mientras lleva el sacramento de Cristo fue sorprendido por unos impíos que trataron de arrebatarle su tesoro para profanarlo. Prefirió morir y ser martirizado, antes que entregar a los perros rabiosos la Eucaristía que contiene la Carne Divina de Cristo”

La cruz del Papa

Monaguillos!!! ,mirad la Cruz Pectoral del Papa Francisco, en ella está representado Jesús el Buen Pastor que lleva la oveja perdida sobre los hombros; detrás se ve el resto del rebaño y arriba la paloma que tradicionalmente representa al Espíritu Santo. 

Hace referencia a la parábola de la oveja perdida. (Lucas 15, pueden encontrar esta parabola
)

La Santa Misa

LA SANTA MISA
Se le llama también Eucaristía

Etim.: Missa, de “mittere”, enviar. Tomado de las palabras finales en latín: “Ite missa est”. 
Las Partes de la Misa

Birgit Scharfenort Matallana
“Y he aquí que yo estoy con vosotros todos días hasta el fin del mundo”. (Mt. 28, 20)

Vivamos la Eucaristía como un encuentro de amor con Cristo

 

En su Hijo Jesús, el Cristo, Dios nos hizo el mayor regalo: nos entregó su propio corazón, es decir, lo más profundo y puro de su amor. Con su vida, Jesús nos mostró cuál es la vida que agrada a Dios: la que se abre a los demás en el servicio. Por eso Jesús enseñó la Palabra de vida, perdonó pecados, curó enfermos, liberó a los que estaban atados por las cadenas del mal y de la muerte y alimentó a los hambrientos. Hoy podemos experimentar de nuevo todo esto, pues Jesús sigue vivo en la Eucaristía. Por eso, queremos invitarte hoy a vivir la Eucaristía como un encuentro de amor con Cristo, quien sólo espera que tú también le ames, porque el amor sólo con amor se paga.

 

1. ENTRADA: Dios nos recibe personalmente en la Eucaristía, nos llama y nos une en comunidad con el simple y sencillo acto de la bendición. 

“En el nombre del Padre”: Dios se nos presenta como papá, de él depende nuestra existencia, nos ama y se preocupa por nosotros como el mejor de los papás. 

 “… del Hijo”: Dios nos recuerda que por amor a nosotros se hizo hombre en Jesús, el Hijo, para hacernos hijos suyos, hermanos en Cristo y enseñarnos a vivir como hijos de Dios.

  “… y del Espíritu Santo”: el Espíritu es la presencia permanente de Dios con nosotros, el fuego de su amor, que nos enseña, nos consuela y nos fortalece desde nuestro propio corazón.
2. ACTO DE CONTRICCIÓN: ¡SEÑOR TEN PIEDAD! Dios nos invita a comenzar nuestro encuentro con Él dejando en sus manos todo lo que nos aparta de su amor. Esto requiere de nosotros una actitud de humildad: reconocer que hay pensamientos, palabras y obras que obstaculizan nuestra relación con Dios, eso son los pecados. La Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia nos ayudan a ver cuáles son esas situaciones; la humildad está también en dejarnos enseñar.
3. LAS LECTURAS: Limpios de corazón y en actitud de humildad podemos ahora escuchar la Palabra de Dios y dejarnos moldear por ella. Desde los tiempos antiguos del pueblo de Israel, Dios se ha manifestado al hombre por medio de la Palabra: en ella le ha mostrado su rostro, le ha enseñado a vivir, le ha dado esperanza con sus promesas, lo ha escogido y lo ha hecho su propiedad; más aún, ha despertado su fe y ha encendido la llama de su amor. En las lecturas y el salmo Dios mismo se hace presente y nos habla, despierta nuestra fe, reafirma nuestra esperanza y aviva nuestro amor; es su Palabra, mensaje de amor, que espera nuestra respuesta. Dios quiere conversar con nosotros, escuchemos primero lo que quiere decirnos para poder luego responder a su amor.
4. EL ALELUYA: Viene ahora un canto de gozo y de júbilo: “¡Aleluya! ¡Cristo vive, resucitó de entre los muertos! ¡Su victoria fue completa!”. Este canto prepara nuestro corazón para meditar la vida, obra y enseñanzas de Jesús, que vienen narradas a continuación en el Evangelio.
5. EL EVANGELIO: Es la lectura más importante de la Eucaristía, pues nos pone en contacto con la persona y la vida de Jesús. Aprendemos directamente de Él, del recuerdo de sus enseñanzas, de su vida y de sus obras. En el Evangelio Jesús nos muestra su rostro, como se lo mostró a sus discípulos y a todas las personas que lo conocieron en Galilea, donde vivió, nos habla y nos instruye personalmente. Si se lo permitimos, con su Palabra despertará nuestra fe, nos dará esperanza y encenderá nuestro amor. Por eso, antes de escuchar el Evangelio hacemos la Señal de la Cruz: sobre nuestra frente, para que el Evangelio (presencia de Jesús) santifique nuestro pensamiento y podamos comprenderlo; sobre nuestros labios, para que santifique nuestra palabra y podamos transmitirlo; y sobre nuestro corazón, para que santifique todo nuestro ser y vivamos como Cristo.
6. LA HOMILÍA: El sacerdote nos ayuda a comprender la Palabra de Dios, pues Dios mismo lo utiliza como mensajero de su amor. Él nos comparte, por su ministerio, lo que la comunidad de los creyentes (la Iglesia) ha comprendido de este mensaje y también nos transmite su experiencia personal. Dios suscita en medio de su pueblo pastores para guiarnos en nuestro camino espiritual y para explicarnos sus enseñanzas. Es Cristo mismo quien nos habla a través de quienes nos predican su Palabra. 
7. LA PROFESIÓN DE FE: Una vez hemos escuchado las palabras de Jesús y reflexionado sobre ellas viene el Credo, es decir, la expresión de nuestro compromiso personal y comunitario con Dios Padre Creador, Dios Hijo Salvador y Dios Espíritu Santificador: Él se nos ha revelado en la Palabra y ha despertado nuestra fe, por eso, en el Credo profesamos la fe que nos motiva personalmente y que nos congrega en comunidad. El Credo es nuestra respuesta al amor de Dios que se nos ha manifestado primero, porque nuestra fe es la respuesta al encuentro con la persona de Cristo, que nos ha llamado, nos ha congregado y nos ha mostrado su rostro. Así como Jesús se encontraba con la gente, le predicaba el Evangelio o Buena Nueva y la gente comenzaba a creer en Él y a seguirlo, así Jesús nos muestra su rostro, nos llama,  nos habla y nos toca profundamente cada vez que leemos un trozo del Evangelio, despertando nuestra fe y moviéndonos a seguirlo. Además, el Credo precisa el contenido de nuestra fe, le da figura y rostro al Dios en quien creemos y a la Iglesia, fundada en la fe, de la cual hacemos parte.
8. LA ORACIÓN DE LOS FIELES: En el Credo hemos expresado y precisado nuestra fe personal y colectiva, por eso ahora, como comunidad de fe, nos dirigimos a Dios, elevando nuestras súplicas, pidiéndole por todas nuestras necesidades y pidiendo unos por otros. Nuestras súplicas, como nuestro acto de fe, son siempre, a la vez, personales y comunitarias.
9. EL OFERTORIO: Como Iglesia, unidos en una misma fe, en un mismo corazón, presentamos ahora la sencilla ofrenda que Dios mismo transformará en el cuerpo y la sangre de su Hijo Jesucristo. Pan y vino son fruto de nuestro trabajo personal y comunitario, y simbolizan las dimensiones más sencillas de nuestra vida diaria: nuestro trabajo, nuestro sustento y nuestra alegría. Con el pan y el vino va incluida la ofrenda de nuestra vida, de nuestro trabajo y de nuestro amor; nuestras penas, fatigas y alegrías van a ser recibidas por Dios de las manos del sacerdote y, como el pan y el vino, nuestro propio ser (cuerpo y alma) será también santificado y transformado con la presencia viva y real de Jesucristo Eucaristía. En este momento unámonos al sacerdote, entregándole a Dios nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra oración, nuestras penas y alegrías, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra mente con todos sus pensamientos, nuestro corazón con todos sus sentimientos y deseos, nuestros labios y todas nuestras palabras, nuestros amigos y seres queridos, incluso los que no nos aman, en fin, toda la realidad humana material y espiritual de la que somos parte, para que toda esa realidad sea transformada por Cristo, sea santificada, sea cristificada; para que todos seamos hostias vivas, sagrarios de la presencia del Espíritu Santo; y para que el mundo entero sea un altar para la gloria de Cristo Jesús.
10.  CANTO DEL SANTO: Hemos hecho ofrenda del pan y del vino, de nosotros mismos y del mundo entero. Ahora esta ofrenda va a ser consagrada: la hostia se transformará en el cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Por esa consagración, nosotros mismos seremos santificados y el mundo entero también. Nos unimos a los santos y a los ángeles, que contemplan y gozan ya del fruto de estos misterios, cantando a Dios: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están los cielos y la tierra de su gloria. ¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!” El cielo (los que ya gozan de la gloria de Dios) y la tierra (los que estamos de camino hacia la gloria) cantan la santidad de Dios, pues Él es el único verdaderamente santo y fuete de toda santidad.
11. CONSAGRACIÓN: En este momento, por el ministerio (por el encargo y el don) que el sacerdote ha recibido, el pan y el vino son transformados en el cuerpo y la sangre de Cristo. El sacerdote repite las palabras que Jesús pronunció en la última cena, con las cuales Él mismo dio gracias y bendijo el pan y el vino, haciéndolos su cuerpo y su sangre, para alimentar con su propio ser a sus apóstoles, y a través de ellos y de la sucesión de sacerdotes a todos los creyentes. La Eucaristía, cuerpo y sangre de Cristo, es el mayor regalo que hemos recibido de Dios: Él se ha quedado para siempre con nosotros en la persona de Cristo, Él mismo toma nuestra realidad y la transforma en su propio ser, para alimentar nuestra vida de fe. Sin este alimento espiritual, es decir, sin la comunión real con su cuerpo y su sangre, nuestra vida de fe sería árida y estéril, pura imitación exterior de Cristo, por nuestras propias fuerzas. Pero como Él nos alimenta con su propia vida en la Eucaristía, podemos vivir como Él, ser como Él, porque Él mismo, desde nuestro interior nos va transformando, nos va consagrando, va haciendo de nuestra vida una constante Eucaristía, sólo si nosotros le entregamos nuestro corazón y dejamos que su Espíritu actúe en nosotros.
12. EL PADRENUESTRO: Cristo se ha hecho presente en medio de nosotros, por él hemos sido hechos todos hermanos en el Espíritu, hijos de un mismo Padre. Por eso, ahora, juntos, podemos orar en compañía de Jesús al Padre, como el mismo Jesús nos enseñó. En este momento, oramos con Jesús, presente realmente, la oración al Padre: estamos unidos en oración Jesús, el Hijo Único, y nosotros, los hijos adoptivos.
13. CORDERO DE DIOS-MOMENTO DE LA PAZ: Reconocemos ahora que Jesús ha ofrecido su vida al Padre por nosotros en la Cruz, Él es el sacrificio vivo y santo que nos ha reconciliado para siempre con Dios. Por Él nos ha llegado la paz verdadera: la que da Dios y no la que da el mundo. La paz de Dios es la salvación eterna, el perdón de los pecados, el amor que es capaz de entregarse a sí mismo en sacrificio por aquellos que  ama. La paz del mundo es la ausencia de conflicto que le permite a cada uno vivir según sus deseos. La paz de Cristo nos saca de nosotros mismos y nos pone al servicio de los otros, mientras que la paz del mundo nos sumerge en nuestro propio egoísmo, en nuestros gustos y rutinas.
14. LA COMUNIÓN: Este momento es absolutamente maravilloso, recibimos a Jesús en la Eucaristía, su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Dios viene a vivir en nosotros como en su propia casa, viene a transformarnos y a fortalecernos desde nuestro interior. Como María en el momento en que recibió del Espíritu a Jesús en sus entrañas, así nosotros, en la comunión, quedamos fecundados por el Espíritu de Dios: realmente llevamos en nosotros a Cristo. Dios hace de su amor un acto: se nos entrega todo entero en la forma más sencilla y humilde (un trocito de pan) para que lo podamos recibir.   
15. ACCIÓN DE GRACIAS: Después de un regalo tan grande ¿qué podemos hacer? Sólo abrir nuestros labios y nuestro corazón al agradecimiento. Tomar conciencia de lo que hemos recibido y hacer de nuestra vida acción de gracias, es decir, reflejo del amor de Dios que hemos recibido en Jesús Eucaristía. Él nos ha tocado, nos ha besado con su amor y sólo nos queda hacer de nuestra vida beso, caricia de amor a Jesús, mostrando su rostro en medio de nuestros hermanos. Agradecer a Dios significa vivir como vivió Jesús: sirviendo, amando, sanando, ayudando, enseñando, perdonando, entregando su vida por todos, sin excepción. Misión difícil, casi imposible, pero no estamos solos, Cristo vive en nosotros y lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. La palabra misma dice lo que tenemos que hacer: Eucaristía viene del griego y significa acción de gracias.
16. BENDICIÓN FINAL: Con el encargo de dejar vivir en nosotros a Cristo y transmitirlo a los que nos rodean en acciones concretas de amor y servicio, somos enviados al mundo con la bendición de Dios, para que nuestra tarea sea efectiva y demos fruto abundante. Recibimos a Cristo Eucaristía para compartirlo con los que nos rodean. Hemos sido bendecidos para que seamos bendición para los demás; hemos entrado a la Eucaristía como harina y agua, y Dios ha hecho un pan que ha consagrado para sí. Ahora somos hostias consagradas: llevamos en nosotros la presencia de Jesús y tenemos la misión de reflejarla y transmitirla a los demás, para que todos seamos transformados. La palabra Misa lo resume todo: viene del latín y significa envío, es decir, los que recibimos a Jesús somos enviados a darle a conocer. El fruto de la Eucaristía es que todos seamos misioneros, es decir, que llevemos a Jesús a los demás.